Viajar en barco es una experiencia maravillosa e increíble. Enfrentados al mar, pero bamboleándonos con él, podemos sentir ese movimiento de las olas, el claro murmullo del viento y el ritmo de viaje se torna diferente a cualquier otro medio.
Hay diferencias, claro, entre un crucero, un ferry o los yates (o barcos a vela).
Los cruceros son como enormes ciudades en movimiento: hay casinos, hospitales, Shopping, espectáculos varios y a veces hasta cine. Generalmente se reservan por paquete, es decir: todo incluido (all inclusive) con pocas paradas, bastante esporádicas ya que el placer y eje del viaje es, justamente, estar a bordo del barco.
El ferry, que solo sirven para transportarnos de un lugar a otro y ya, cuentan con habitaciones por lo general bastante confortable. Es una forma de traslado, como un bus o un avión y no un mero viaje de placer, aunque puede ser nuestra opción la de ir de un puerto a otro por el mar. Así mismo, podemos trasladar nuestro auto en él. Eso si: no olvidéis cerrarlo con llave y recordar en que lugar lo dejamos. Esto es cómodo pues podemos dejar en él todas nuestras pertenencias, como si fuese un depósito pequeño o un baúl y subir a la cubierta o a las diferentes salas del barco. Si la idea es ahorrar una noche de hotel, podemos dormir en el mismo ferry. Así que lo mejor es reservar un camarote, sobre todo si luego del viaje tenemos que hacer un trayecto conduciendo.
Un viaje en barco a vela o yates, es realmente, una ocasión de paseo por el mero y único placer de viajar en barco, siendo una de las maneras más naturales de navegar. En ellos se acostumbra a hacer paseos de uno o de varios días y por lo general en grupos reducidos, pudiendo alcanzar las 200 personas, incluyendo la tripulación.
Para cualquiera de los casos, nunca hay que olvidarse el protector solar: uno rara vez se queda en el camarote y aunque el clima no acompañe, es normal y habitual pasearse por cubierta. ¡A disfrutar!.

